SAN MARTÍN O EL SOLDADO⁠ - Jordan Bruno Genta

Prof. Jordán Bruno Genta • Lecciones de Psicología

SAN MARTÍN O EL SOLDADO

«La noble pasión de la gloria, que es la que hace obrar prodigios de valor y de fortaleza.»

— SAN MARTÍN

El estado militar que revisten los defensores naturales de la Ciudad, es la forma más elevada de la ciudadanía.

Nuestra Patria se irguió a la existencia soberana en campos de batalla, donde las generaciones patricias derramaron inocentemente sangre inocente. El primero en esa guerra justa fue el General D. José de San Martín; su espada victoriosa midió el espacio de nuestro destino histórico.

Soldado de vocación y de oficio, hijo de soldado español, su espíritu y estilo es militar en todos los actos de su vida. No quiso ser nada más que soldado porque "enrolado en la carrera militar desde los doce años, ni mi educación ni mi instrucción las creo propicias para desempeñar con acierto" otras misiones públicas.

Las virtudes cardinales definen su perfil moral, realzadas por la Caridad en el esfuerzo bélico y en la hora solemne del renunciamiento: la fortaleza del ánimo empeñada en una causa justa, a la que sirvió con constancia persistente, prudencia en las acciones y sobriedad en las costumbres.

La justicia esplende en la causa de la Independencia nacional que conquistó con las Armas y sostuvo con fidelidad inquebrantable hasta la muerte. Caballero cristiano, consagró a la Virgen Madre, patrona del Ejército de los Andes; y después de Chacabuco y Maipú, con humildad de corazón, hizo depositar su bastón de mando en las delicadas manos que llevaron a Aquel de quien está suspendida la Creación entera.

Sus enemigos no le perdonaron ni las hazañas guerreras, ni la grandeza de alma en la adversidad, ni la colaboración permanente a la política de Rosas. La cláusula del Testamento en la que hace el legado de su sable, revela el sentido y la misión de su vida:

«El sable que me ha acompañado en la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.»

La primera y principal lección del General San Martín a sus naturales herederos y continuadores, se refiere a la misión específica del militar argentino: el cuidado de la soberanía, de la integridad y del honor de la República. El carácter de San Martín radica en la fortaleza, más todavía en la paciencia que en el ímpetu de acometer. De él se puede decir con propiedad que el coraje era un desahogo de su paciencia, de su capacidad para soportar y resistir las pruebas más duras:

"Todo es necesario que sufra el hombre público", escribía a Godoy Cruz, "para que la nave llegue a puerto"... Y en otra ocasión le confiesa: "Mi corazón se va encalleciendo con los tiros de la maledicencia; para ser insensible a ella me he aferrado a la célebre máxima de Epicteto: se dice mal de ti y es verdad, corrígete; si es mentira, ríete".

El resentimiento no pudo anidar en su alma, ni comprometer la ecuanimidad de sus juicios, ni rebajarlo a devolver injusticia por injusticia: se retiró en Guayaquil ante Bolívar que tenía las cartas de triunfo para dejarlo en libertad de acción; se desterró de su Patria para no exponer su nombre intachable a la intriga y provocación de sus enemigos en el gobierno; se volvió a Europa sin desembarcar siquiera en Buenos Aires, para no mezclarse en la guerra civil y entregar su limpia trayectoria intacta a la posteridad; no cedió jamás a la presión de los unitarios para que retirase su apoyo moral a la Dictadura de Rosas en su viril, heroica e invencible resistencia a la agresión de los poderosos de la tierra.

El esfuerzo bélico y el esfuerzo de la paciencia en el Libertador, estuvieron siempre exclusivamente al servicio de la soberanía de la Patria y de sus hermanos de hispanoamérica:

"La política que me propuse seguir", escribe a Castilla en 1848, "fue mirar todos los Estados americanos como hermanos interesados en un mismo y santo fin."

La constancia del juicio y de la decisión en el varón esforzado se unía a las costumbres sobrias y rigurosas:

"Todo debe sacrificarse a la idea del Bien común y de nuestra existencia. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos" (Bando del año 1815). En oficio al Cabildo de Mendoza: "Mis necesidades están suficientemente llenadas con la mitad del sueldo que gozo".

Su sobriedad no era solamente la del general que comparte todas las privaciones de su tropa, como Aníbal; su sobriedad era la lección de la vieja y sencilla casa colonial, de costumbres puras y simples, donde había nacido.

Su juventud transcurrió en España, donde la suntuosidad sólo esplendía en el templo y donde los halagos excesivos de los sentidos eran despreciados como ligereza culpable de la indolencia moruna.

El ideal ascético de la causa emancipadora tenía que encontrar en este militar austero, su paladín más abnegado.

Si en la Ilíada, la guerra la hace "el más noble de los aqueos" es porque en toda noble guerra nunca es el jefe un advenedizo con fortuna, sino aquel que acepta la responsabilidad que le impone la historia, para ser —no importa con qué sacrificio— "lo que debe ser".

❋ ❋ ❋

TEXTOS Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS

Proclama de Valparaíso (22 de julio de 1820)

«Provincias del Río de la Plata: Voy a dar la última respuesta a mis calumniadores: yo no puedo hacer más que comprometer mi existencia y mi honor por la causa de mi país. Sea cual fuere mi suerte en la campaña del Perú, probaré, que desde que volví a mi patria, su independencia ha sido el único pensamiento que me ha ocupado, y que no he tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos».

— San Martín
Oficio al Cabildo de Buenos Aires (19 de agosto de 1820)

«El día de mañana da la vela la expedición libertadora del Perú. Como su general, tengo el honor de informar a V. E. que representa al pueblo heroico, al virtuoso pueblo, más digno de la historia de Sud América y de la gratitud de sus hijos; protestando que mis deseos más ardientes son por su felicidad y que, desde el momento en que se erija la autoridad central de las provincias, estará el Ejército de los Andes subordinado a sus órdenes superiores con la más llana y respetuosa obediencia».

— San Martín
Conducta en la Guerra Justa

Rotas las negociaciones, el armisticio fue denunciado en términos caballerescos propios de la raza española. El general americano dijo: «Si se ha de hacer la guerra, y cabe en esto alguna satisfacción, será ciertamente con V. cuya opinión me inspira la confianza de que disminuirá por su parte la desgracia de esa fatalidad, asegurándole que por la mía nada excusaré al mismo fin».

El general español contestó: «Haré la guerra con todos los lenitivos que demanda la humanidad, porque así lo requiere mi carácter, y así lo manda también el monarca cuyas paternales aspiraciones se han desatendido».

— B. Mitre, Historia de San Martín, III, 24-25.
Carta a Fructuoso Rivera (Montevideo, abril de 1829)

«He aquí, en extracto, general, los motivos que me impulsan a confinarme de mi suelo, porque firme e inalterable mi resolución de no mandar jamás, mi presencia en mi país es embarazosa. Si éste cree algún día que como un soldado le puedo ser útil en una guerra extranjera (nunca contra mis compatriotas), yo lo serviré con la lealtad con que siempre lo he hecho, no sólo como general, sino en cualquier clase inferior en que se me ocupe; si no lo hiciese, yo no sería digno de ser americano».

P. D. Acepto gratísimo el ofrecimiento que me hace Vd. de darme noticia de los progresos de mi país nativo —él merece la consideración de los hombres de bien, porque sus hijos son en proporción de su humanidad, bravos y patriotas.

— San Martín
Carta a D. Juan Manuel de Rosas (Grand Bourg, 5 de agosto de 1838)

«He visto por los papeles públicos de ésta, el bloqueo que el gobierno francés ha establecido contra nuestro país; ignoro los resultados de esta medida; si son los de la guerra yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en mis circunstancias y de la que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario, hace que por un exceso de delicadeza que Ud. sabrá valorar si Ud. me cree de alguna utilidad espero sus órdenes; tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra me retiraré a un rincón —esto si mi país me ofrece seguridad y orden; de lo contrario, regresaré a Europa con el sentimiento de no dejar mis huesos en la patria que me vio nacer».

— San Martín
Carta a Rosas sobre comisión pública (Grand Bourg, 10 de julio de 1839)

«Me dice en su apreciable, que mis servicios pueden ser de utilidad a nuestra patria en Europa, pero, y faltaría a la confianza con que Ud. me honra, si no le manifestase que destinado a las armas de mis primeros años, ni mi educación, instrucción ni talento son propios para desempeñar una comisión de cuyo éxito puede depender la felicidad de nuestro país».

— San Martín
Carta al General D. Ramón Castilla (Boulogne-sur-Mer, 11 de setiembre de 1848)

«He aquí, mi querido general, un corto análisis de mi vida pública en América; yo hubiera tenido la más completa satisfacción habiéndola puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el general Bolívar me convenció (no obstante sus protestas) que el solo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando no era otro que la presencia del general San Martín, a pesar de la sinceridad con que me ofrecí de ponerme bajo sus órdenes con todas las fuerzas de que yo disponía».

— San Martín
Carta de Vicente López (Buenos Aires, 4 de enero de 1830)

«¡Cuánto hubiera sido mi gusto en hablar de patria, después de tantos años con su verdadero fundador! En saber qué juicios se formaba en la Europa sobre nuestro destino y en buscar juntos una combinación de los medios que nos restan para arribar al fin de darnos una sólida autoridad. Ud. se fue y no sólo de nuestra rada, sino también de Montevideo; éste nos ha sido un suceso doloroso».

— Vicente López
Carta de J. M. de Rosas (20 de mayo de 1847)

«Así enfermo, después de tantas fatigas, Ud. expresa la grande y dominante idea de toda su vida: la independencia de América es irrevocable, dijo Ud., después de haber libertado a su patria, Chile y al Perú. Esto es digno de Ud.».

— J. M. de Rosas

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