Carbia: San Martín y la Iglesia


San Martín y la Iglesia

Por Rómulo D. Carbia

Publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, n.° 10, julio-agosto de 1942


Como una derivación, en cierta medida lógica, de cuanto se debate en torno a la figura del general José de San Martín —actualizada recientemente por el hallazgo de una correspondencia desconocida que él cruzara con el general Simón Bolívar—, en el campo católico hánse formulado diversas preguntas cuya síntesis podría esbozarse así:

1.° ¿El general San Martín perteneció a sociedades secretas de carácter masónico o que tenían apariencia de tales?

2.° La Logia Lautaro y la de los "Caballeros Racionales", ¿eran en realidad masónicas?

3.° ¿Cuáles fueron los verdaderos sentimientos religiosos de San Martín?

Y bien: como creo que en las respuestas serias y fundadas a tal interrogatorio hay utilidad cierta, me he resuelto a esquematizar algunas que aspiran a tener la condición esencial que la naturaleza del caso requiere. Intento referirme a los fundamentos documentales que les darán base, y a la objetividad precisa dentro de la que se moverá toda la exposición.

Por conveniencia de claridad, separaré las variadas cuestiones que el interrogatorio involucra, en parágrafos que, precisamente, se ajustarán a cada uno de los enunciados de la inquisición.

I. Las sociedades secretas y el Gran Capitán de los Andes

Son numerosos y precisos los testimonios documentales, de irrefragable autenticidad, que suministran fundamento sólido a la versión, ya consagrada en la historiografía, según la cual fue estrecha la vinculación de San Martín con las sociedades secretas que actuaron en América durante el período en que se gestó la emancipación. Pero admitir eso no importa aceptar el carácter masónico del vínculo que nuestro Libertador tuvo con ellas.

La naturaleza secreta de estas instituciones, que Mitre censura abiertamente,[0] provenía de su origen y de las delicadísimas funciones que debían desempeñar. No puede dudarse que tenían ellas exterioridades rituales masónicas, pero falta saber si cabalmente lo eran. Engendradas por el movimiento reformador europeo que señoreó desde fines del siglo XVIII, resultaron, en todas partes, concreciones de acción impelida hacia el propósito de liberación política. Las que actuaban en América, como ramas del Gran Oriente londinense que fundara Miranda, tenían una meta denunciada: la de lograr la conquista de la independencia regional, sobre la base de la anulación absoluta de todo vínculo con España.

¿Pero era ese el único objetivo de las logias? La respuesta no es fácil, pues carecemos de elementos informativos para formularla con total seguridad. Lo único que puede aseverarse, sin riesgo a la inmediata enmienda de los eruditos, es que, teniendo un indudable origen masónico —al igual que sus contemporáneas francesas—, y manejándose dentro de prácticas semejantes a las que regían en aquellas, no ha quedado indicio alguno de que en sus planes de labor figurase otra cosa que no fuera el fomento del separatismo y la consolidación de los nuevos estados que habían de nacer como fruto de las revoluciones emancipadoras.

Piénsase, no sin fundamento, que nada tendría de singular que, siendo el propósito inmediato de las logias el arriba señalado, hubiese otros recónditos que se reservaban para los tiempos venideros. De cualquier modo, sin embargo, las sociedades secretas nuestras, y en particular aquellas a que perteneció San Martín, no se ofrecieron nunca como arquitecturadas para una acción abierta de naturaleza anticlerical o antirreligiosa.

El empleo de los términos liberal y liberalismo, con los que se suele tropezar en algunas referencias históricas vinculadas a ellas, no nos faculta para decretar su condenación como si se tratara de organizaciones alzadas contra la Iglesia. Los términos recordados, sobre todo en España y en Hispanoamérica durante el correr de la segunda década del siglo XIX, no expresaban, a la sazón, las ideas que hoy expresan, y dábanse casos frecuentes de liberales que eran enardecidos católicos. La razón obedeció a que tal voz definía, antes que nada, la posición espiritual de los que anhelaban, sin desasirse de la Iglesia, reajustar el orden social en armonía con lo que ellos reputaban los adelantos del siglo. Y esto hay que tenerlo muy en cuenta para no errar en la apreciación del hecho histórico que nos ocupa.[1]

II. El programa de las logias

Creo haber situado ya al lector frente a cuanto sabemos hoy, sobre base firme, acerca de la naturaleza de las sociedades secretas que actuaron en esta parte del mundo. Pero eso no basta al propósito señero de esta nota. Por ello, aprovechando el resultado de los pesquisamientos que se han hecho alrededor de tales instituciones, procuraré exponer cuanto de modo cierto se sabe sobre sus programas de acción y las tareas societarias con ellas vinculadas.

Dos fueron, según a todos consta, las logias que actuaron en América durante el período que llamaré sanmartiniano, al solo efecto de la mejor comprensión: la Lautaro y la de los Caballeros Racionales. Y bien: ambas tenían rituales masónicos, provenían de una misma institución mayor que lo era, pero, a juzgar por los pocos papeles suyos que ha conservado el tiempo, no denunciaron haber concebido otro programa de acción que el de lograr la independencia del país en el que actuaban, y organizar su gobierno sobre la base de lo que entonces se tenía por liberalismo.

De la Lautaro chilena, hermana gemela de la nuestra, conocemos los Estatutos y el reglamento interno. Los ha publicado Benjamín Vicuña Mackenna en su obra El ostracismo del general D. Bernardo O'Higgins (Valparaíso, 1860, págs. 269 y 275). Por mucho que se busque en tales textos, no se logra descubrir nada que autorice a fijar el carácter netamente masónico de la logia, bien que las circunstancias de su prosapia y de sus vinculaciones con las que actuaban en España puedan dar legítimo asidero a la duda.

Además, una cláusula del estatuto —la 5.ª— que limita a uno solo el número de los eclesiásticos con capacidad legal para figurar en el seno de la cofradía, y las calidades que se fijan para resolver su designación —"aquel que se considere de más importancia por su influjo y relaciones"—, parecen denunciar algo que, como propósito velado, debía estar subyacente en el plan general de la enigmática organización.

Y si bien es cierto que en la lista de miembros de la logia de los Caballeros Racionales figuran católicos auténticos como Posadas, y clérigos como Valentín Gómez y algún otro,[2] no puede dudarse de que en la institución predominaba una mayoría de ciudadanos que seguían la avanzada corriente ideológica de las Cortes de Cádiz. El arquetipo de los que la formaban era el doctor Julián Álvarez, que tenía el título de venerable y de quien se sabe que mantenía contacto con las organizaciones masónicas europeas.[3]

Con todo esto, a pesar de todo, ambas logias, y en particular la Lautaro, no rozaron jamás cuestiones religiosas, desenvolviendo su acción, aunque no siempre con acierto, en los campos de lo político y de lo militar. De eso dan testimonio diversos documentos,[4] diseminados en la historiografía argentina. Tal es lo único serio que se puede aseverar a su respecto, haciendo mérito solamente de los elementos informativos con los que al presente contamos.

III. La posición religiosa de San Martín

Está muy difundida una especie lanzada por el difamador máximo de San Martín —lord Cochrane— según la cual nuestro general, impío en el fondo, simulaba una posición espiritual que no tenía, algo así como para engañar a los incautos. La especie es una infamia, como lo son la mayoría de las que creó el desagradecido extranjero sobre quien pesan hoy descalificaciones morales rotundas.

Pero así y todo, no puede afirmarse, con rectitud histórica, que el general don José de San Martín fuera un católico verdadero. No cultivó la impiedad. Creía y esperaba en Dios, y en su testamento dejó expresa constancia de ello: "En el nombre de Dios todo Poderoso á quien reconozco como Hacedor del Universo...", reza el encabezamiento del manuscrito donde concretó la expresión de su voluntad última, y tal manifestación basta como testimonio de exactitud en el aserto.

Hay en su vida otros episodios que lo refirman, y hasta algunos, tal el del reconocimiento de Nuestra Señora como patrona del ejército bajo su mando, que clarifican la visión de su panorama interior. En efecto: el documento donde ello consta, no obstante lo austero de su formulismo, permite percatarse de que el Gran Capitán de los Andes tributaba respeto a la Divinidad y se complacía en las solemnidades del culto.[5]

De su respeto, cuando menos externo, por la jerarquía, dice lo suficiente su nota al arzobispo de Lima, fechada el 6 de julio de 1821, donde aplaude la actitud de aquel de permanecer al frente de su grey, como seguro "baluarte de la paz, de la religión y de la moral".[6]

Y si bien es cierto que luego castigó al mismo diocesano con el extrañamiento, a pesar de su generoso espíritu de colaboración y no reparando en sus ochenta años largos, el episodio necesita ser aclarado para comprenderlo con justeza. Mitre[7] lo ha censurado, dándole al acaecido un carácter que no tuvo —cosa lamentable y sin sentido—, haciendo pie para ello nada menos que en el testimonio de un enemigo declarado de San Martín, el célebre Cochrane, que lo registra en sus Memorias.

El hecho, que fue sin duda lamentable, tuvo su origen en una discrepancia del arquidiocesano con San Martín, sobre asuntos de orden policial, y si llegó al extremo de provocar el decreto por el que se le fijara un plazo angustioso para salir de Lima, ello debióse a la circunstancia de que el prelado solicitó su pasaporte para marcharse a España como toda respuesta a cierto requerimiento reiterado del Protector. A eso se redujo todo, y digo con franqueza que no descubro dónde está la razón valedera que algunos han hallado para inferir de ese episodio que San Martín era irrespetuoso con la autoridad eclesiástica y que no tributaba el debido homenaje a la jerarquía.

Lo ocurrido con el arzobispo de Lima nada tiene que hacer con todo ello, pues si hubo algún exceso por parte de San Martín, habría que valorar bien si la prudencia acompañó siempre al prelado en las incidencias del suceso. De cualquier modo, sin embargo, nada hay en él, ni en otros episodios de la vida del Gran Capitán nuestro, que nos lleve al convencimiento claro de que padeció los efectos de una franca clerofobia, como alguna vez se ha dicho.

En resumidas cuentas, puede tenerse por cosa incontrastable que San Martín fue un creyente despegado de toda práctica religiosa personal. Su muerte, de la que Félix Frías nos ha dado pormenores dignos de fe,[8] en nada se parece a la de un hombre católico, y sus disposiciones testamentarias nos lo ofrecen como despojado de todo hondo sentimiento de tal. Debe aceptarse, por todo ello, como lo ha establecido Ricardo Rojas,[9] que San Martín tuvo el sentimiento religioso de un cristiano libre, totalmente despreocupado —esto va por mi cuenta— de cuanto constituye la condición esencial de un católico auténtico. Creía en Dios, y nada más. A esto, únicamente, se redujo el panorama de su vida espiritual.

Conclusión

Con austeridad cumplida, como se tendrá advertido, he procurado responder al interrogatorio en el que concreté las preocupaciones de quienes apetecen saber, con verdad rigurosa, cuál es el juicio que merece San Martín desde el punto de vista católico. Respecto del otro, del que corresponde a su grandeza cívica, no creo que pueda haber discrepancias: el General de los Andes es la figura más extraordinaria de toda nuestra historia, y la personalidad moral más eminente de América.

Los documentos ya usados por el embajador Colombres Mármol en su libro San Martín y Bolívar en la Entrevista de Guayaquil, cuya autenticidad —de la que se ha llegado a dudar— la he probado objetivamente en un trabajo reciente, lo perfilan, cada vez mejor, como la cumbre más nívea de la cruzada emancipadora. Pero la realidad de ello, sin embargo, no nos da derecho para tergiversar la verdad en beneficio de una conveniencia cualquiera.

Y dejo cumplido, así, el propósito que me determinó a escribir esta nota.


Notas

[1] Salcedo y Ruiz: Historia de España, págs. 530-531 —cito de propósito una obra de hallazgo fácil—, reproduce una escena del libro de Fernán Caballero, titulado Elia, o la España de treinta años ha, donde se perfila, con claridad manifiesta, la tesitura espiritual de los liberales de ese decenio al que me refiero en el texto.

[2] La nómina de los miembros figura en el Archivo de San Martín, tomo X, págs. 489 a 491 (Buenos Aires, 1910). El documento que contiene la lista es de defectuosa transliteración.

[3] La referencia la tenemos por el general Zapiola, que se la dio a Mitre (Archivo de San Martín, tomo X, pág. 488 y siguientes), el cual la usó en su Historia de nuestro libertador (tomo I, pág. 147).

[4] Entre ellos los que figuran en el Archivo de San Martín, tomo IV, pág. 491 y siguiente, y los que ha usado Diego Luis Molinari en El gobierno de los pueblos (Buenos Aires, 1916).

[5] La pieza en Archivo de San Martín, tomo II, pág. 173.

[6] Archivo de San Martín, tomo XI, págs. 367-169.

[7] Historia de San Martín, edic. de 1890, tomo III, pp. 87-89.

[8] Escritos y Discursos, volumen I, p. 76 y tomo III, pág. 383.

[9] El santo de la espada (Buenos Aires, 1933, p. 498).


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