El paraíso liberal que no llega: refutación tomista a Milei
EL PARAÍSO LIBERAL QUE NO LLEGA
Refutación tomista, magisterial y nacionalista al discurso de Javier Milei en el Colegio ORT
A continuación, citaremos algunos extractos de la conferencia pronunciada por el Señor Presidente de la república Javier Milei ante alumnos de 4.º y 5.º año de la escuela secundaria del Colegio ORT, y una breve respuesta a los mismos.
Presentado como epílogo de su obra "Capitalismo, la Divina Maquinaria del Paraíso", el Presidente expone su teología política: el capitalismo sería el sistema preparado por Dios tras la caída, legible en los Diez Mandamientos leídos a través de la Escuela Austriaca y de rabinos contemporáneos:
"Quiero trasladar qué valores del judaísmo son determinantes en la construcción de nuestra política".
El análisis se hace desde tres principios inmutables: el catolicismo romano en su magisterio multisecular, la filosofía y teología de Santo Tomás de Aquino, y los principios de orden natural y cristiano. No se juzgan intenciones personales, sino proposiciones públicas.
Milei presenta el primer mandamiento ("Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto…") como una "declaración de la libertad" y punto de partida de un orden liberal basado en el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno.
Enseña Santo Tomás que el primer mandamiento es precepto afirmativo y máximo: ordena reconocer a Dios como fin último (STh II-II, q.44). La liberación de Egipto es, en la lectura cristiana, figura de la liberación del pecado, no fundamento de una libertad negativa moderna.
La libertad que enseña la tradición católica es libertas ad bonum: capacidad de orientarse al bien objetivo, no simple ausencia de coacción. Convertir el mandamiento en axioma del "principio de no agresión" supone una lectura que el texto bíblico y la tradición no soportan.
Inversión utilitarista. En S. Tomás II-II q.58, la justicia es virtud moral de la voluntad que da a cada uno su derecho según naturaleza. La eficiencia es virtud técnica, subordinada a prudencia. No se juzga lo justo por su eficiencia.
No puedes derivar lo justo de lo eficiente. Decir "si es justo será eficiente" es como decir "si es verdadero será rápido". Un juicio justo con debido proceso es menos eficiente que un fusilamiento sumario, pero sigue siendo justo. Si no, un robo eficiente sería justo. La DSI condena el economicismo que mide el orden moral por rendimiento.
La trata de esclavos era eficiente en sí misma, y León XIII en Rerum Novarum dice:
"Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí".
Visión radicalmente materialista y anacrónica. Para Santo Tomás - STh I q.102 a.1-3 -, el Paraíso terrenal no era un supermercado infinito ni un estado de abundancia sin límites, sino un locus perfectus, un lugar de perfección ordenada y jerárquica proporcionado al estado de inocencia.
Su perfección no estaba en la cantidad de bienes, sino en el orden: el alma de Adán sujeta a Dios por gracia santificante, el cuerpo al alma por el don preternatural de integridad, las pasiones a la razón, y las criaturas inferiores al hombre. La abundancia existía, pero como medio para la contemplación y el ut operaretur (Gn 2,15), trabajo sin fatiga para custodiar, no como fin en sí.
Definirlo como "eliminación de la restricción del tiempo" es confundir economía con teología. En el Paraíso sí había tiempo sucesivo, había mañana y tarde, había obrar, lo que no había era corrupción temporal, muerte y desgaste, por el don de integridad. Lo que Milei llama "restricción más fundamental" no es una categoría bíblica, es la categoría central de la Escuela Austriaca: escasez y tiempo como límite último. Proyectar Mises sobre Moisés es hacer eisegesis.
El Paraíso no se define por abundancia, sino por orden. Y su pérdida no trajo escasez económica, trajo desorden moral: el alma ya no sujeta a Dios, el cuerpo ya no sujeto al alma. Reducirlo a falta de bienes es capitalismo proyectado al Génesis.
Santo Tomás enseña en STh I q.7 que solo Dios es infinito por esencia, por ser Acto Puro sin límite. Toda criatura, incluso la más perfecta, es necesariamente finita, porque es ser recibido y participado.
Adán no tuvo dotación infinita. Tuvo, según STh I q.94-95, tres órdenes de dones, todos finitos: a) Naturales: alma racional, voluntad libre, cuerpo sano. b) Preternaturales: gratuitos pero proporcionados - integridad y ciencia infusa (STh I q.94 a.3), conocimiento infundido de lo necesario para gobernar, pero finito y proporcionado a su estado de viador. c) Sobrenaturales: gracia santificante para ordenarse a visión beatífica.
Atribuirle infinitud es panteísmo formal, proposición condenada en el Syllabus, y pelagianismo técnico: no es la voluntad moral la que se salva a sí misma, sino la técnica. Si la Caída fue perder una dotación infinita de computación, la Redención ya no es la Cruz, es la innovación. El mercado y la IA devuelven lo que el pecado quitó. Se sustituye la gracia (don sobrenatural gratuito) por potencia (acumulación natural infinita). Es exactamente la tesis de Milei: el capitalismo trae el paraíso a la tierra por tecnología.
Ningún sistema histórico concreto —ni feudalismo, ni mercantilismo, ni capitalismo liberal— es de derecho divino. Para Santo Tomás, lo que es de derecho natural es la necesidad de la economía doméstica y política y la destinación universal de los bienes. La propiedad privada y las formas concretas de intercambio y organización son de derecho humano, como conclusiones del derecho natural: necesarias, legítimas, pero falibles, mudables y siempre ordenadas al bien común y a la ley moral.
Identificar al capitalismo liberal anglosajón del siglo XIX (con usura liberalizada, propiedad como dominio absoluto y mercado como norma moral) con el ordo naturalis es divinizar una creación humana injusta y reprobable.
No existe un modelo económico único querido por Dios. Existe la ley natural inmutable y los regímenes humanos prudenciales que deben juzgarse por su orden al bien común, no por su eficiencia.
"No matarás", que en una traducción más literal sería no asesinarás, o no matarás al inocente, no es el NAP, principio de no agresión libertario. Explica el Doctor Común que prohíbe el homicidio del inocente y manda positivamente la ordenación de toda vida a Dios como Señor de la vida. Es un precepto teologal antes que contractual.
El principio de no agresión libertario de Rothbard, en cambio, prohíbe solo la iniciación de violencia física contra persona o propiedad. Bajo NAP es lícito todo lo consentido que no implique coacción directa: adulterio, blasfemia, pornografía, usura, culto idolátrico, siempre que haya acuerdo entre partes.
Ambos no son equivalentes. El Decálogo prohíbe pecados que ofenden a Dios aunque no "agredan" a nadie en sentido libertario, porque el orden moral no se reduce a contratos. Reducir el mandamiento al NAP es vaciar su contenido teológico y convertir la Ley en regla de mercado.
Santo Tomás distingue con claridad (STh II-II, q. 66):
- El uso común de los bienes, por destino universal, pertenece al derecho natural primario.
- La apropiación privada, en cuanto a la administración y disposición, es de derecho de gentes: útil y legítima, pero no absoluta.
- En caso de extrema necesidad, “todo es común”.
Las encíclicas (Rerum Novarum n. 6; Quadragesimo Anno n. 45) mantienen esta estructura: la propiedad privada es un derecho natural secundario que lleva intrínseca una hipoteca social.
La tesis hoppeana de una propiedad originaria absoluta e ilimitada no coincide con esta doctrina. El error no está en defender la propiedad privada (que la tradición defiende con fuerza), sino en absolutizarla y derivarla de modo directo e inequívoco del Decálogo, omitiendo los límites que la propia ley natural y la doctrina social le reconocen.
Mercantilización de la verdad. La veracidad es una virtud moral por la cual el hombre adecúa su intelecto y su palabra a la realidad creada por Dios, porque Dios es la Verdad primera. No es una técnica para que cierren los contratos.
Reducir "no darás falso testimonio" a "no harás fraude contractual" deja fuera toda la gravedad del mandamiento: la mentira oficiosa, el perjurio, la falsa doctrina, la ideología, la mentira publicitaria consentida. Todo eso sería lícito bajo NAP mientras no haya coacción física, pero sigue siendo violación del octavo mandamiento.
El mercado supone la verdad, no la funda. Sin Verdad trascendente no hay contrato que valga.
Parcial y torcido. Es verdad que la envidia es madre del marxismo. Pero "no codiciarás" (Ex 20,17) no prohíbe solo la codicia del pobre que quiere lo ajeno; prohíbe principalmente la codicia del rico que nunca se sacia. Versa sobre la templanza interior que ordena la concupiscencia.
La Doctrina Social condena tanto la envidia socialista como la avaricia liberal como dos caras del mismo materialismo. Quadragesimo Anno lo dice explícito: liberalismo y socialismo son mellizos. Usar el mandamiento solo contra el marxismo y no contra el afán ilimitado de lucro es amputarlo.
Es literalmente la doctrina del tikkun olam cabalístico de Jabad, no escatología católica. El Santo Oficio condenó en 1944, con aprobación de Pío XII, el milenarismo mitigado que pretende instaurar un paraíso terrenal antes del Juicio Final.
La Iglesia enseña lo inverso: no traemos el Cielo a la tierra por técnica económica. Es Dios quien por gracia eleva la tierra al Cielo. El Padre Nuestro "venga a nosotros tu reino" pide el reinado social de Cristo por la conversión de los pueblos, no la abundancia por capitalismo.
Levítico 26 pertenece a las promesas temporales de la Antigua Alianza, figura de las bendiciones espirituales de la Nueva. Para el cristiano, la obediencia a Dios puede incluir la cruz y el martirio; no garantiza prosperidad material.
Cristo fue muy claro en este punto: "mi Reino no es de este mundo" (Jn 18,36). Confundir la bendición espiritual con el crecimiento económico invierte el orden de la Revelación. Es teología de la prosperidad con lenguaje libertario.
Que el marxismo sea intrínsecamente perverso es doctrina clara (Divini Redemptoris n.58). Hasta ahí, estamos de acuerdo. El error es la disyuntiva falsa.
Milei presenta solo dos caminos: o el “capitalismo conforme a la ley de Dios” o el marxismo. La tradición católica (desde los escolásticos hasta Rerum Novarum y Quadragesimo Anno) no se reduce a elegir entre un individualismo de mercado y un colectivismo de Estado. Ambos, cuando se absolutizan, ubican el fin del hombre en este mundo (uno en el individuo, el otro en la colectividad).
Estrictamente, la Economía forma parte del orden práctico, de la Moral en sentido lato. Santo Tomás divide la filosofía moral en monástica (bien individual), económica (bien doméstico) y política (bien común). La Economía no es una técnica autónoma que luego la "moral" limita desde afuera; es ella misma parte de la moral práctica y, como tal, se subordina a la Política, al bien común político.
Milei invierte la jerarquía: subordina la Política a la Economía, haciendo del mercado juez del bien común. La tradición católica hace lo inverso: la casa se ordena a la polis, y la polis a Dios. Por eso puede haber formas legítimas diversas de organizar la producción, siempre que sirvan al bien común, sin necesidad de caer ni en el individualismo liberal ni en el colectivismo marxista.
Se suele hablar de una “tercera posición” como rechazo útil de los dos extremos, pero no debe convertirse en otra ideología cerrada. El criterio permanente es el orden natural y el bien común, no la adhesión a un modelo histórico concreto.
Sobre "judeocristiano": Es un neologismo de posguerra, sin uso en el Magisterio. No existe "tradición judeocristiana" en sentido teológico. Existe la Antigua Alianza, figura y preparación de Cristo, y la Nueva Alianza que la cumple y abroga. El judaísmo actual, talmúdico y cabalístico, no es la religión de Moisés, sino su negación por rechazo del Mesías. Fusionar ambos en un híbrido "judeocristiano" es vaciar al cristianismo de su contenido cristocéntrico para reducirlo a moral de mercado con el Antiguo Testamento despojado de Cristo. Es lo que Pío XI denunció como judaización del cristianismo.
El capitalismo liberal, como ideología que hace del lucro fin último, también fue condenado: "no puede considerarse como único modelo" (Centesimus Annus n.35). No se sale de un materialismo entrando en otro.
Conclusión
De lo expuesto se sigue que la interpretación religiosa del capitalismo liberal ofrecida en la ORT, aunque acierte al denunciar el carácter intrínsecamente perverso del marxismo - Divini Redemptoris -, es en sí misma anticristiana en su método y radicalmente materialista en su fin.
Anticristiana en el método, porque incurre en errores condenados por San Pío X en Lamentabili: exégesis libre por encima del Magisterio, evolución del dogma según ciencia del tiempo, y reducción del dogma a norma práctica. Y en errores condenados por Pío IX en el Syllabus: separación de Iglesia y Estado, indiferentismo judeocristiano, y pretensión de que el Pontífice deba reconciliarse con el liberalismo.
Materialista en el fin, por cuatro razones. Primero, instrumentaliza Escritura y Decálogo. Segundo, diviniza forma histórica contingente. Tercero, invierte jerarquía: ya no se ordena economía a moral y moral a Dios, sino que se mide a Dios por eficiencia. Promete traer paraíso por técnica de mercado, que es exactamente tikkun olam cabalístico, no escatología católica. Cuarto, plantea disyuntiva falsa.
Para la Argentina, Patria católica por fundación hispánica y por derecho público, fundar política en judaísmo rabínico es extranjerización doctrinal. El nacionalismo católico argentino, de Meinvielle, Castellani y Genta, enseñó siempre: ni capitalismo liberal absoluto ni colectivismo marxista, sino orden corporativo, propiedad con función social y bien común temporal ordenado al eterno, bajo Reinado Social de Cristo Rey proclamado en Quas Primas.
Serie Milei: ORT y Yeshiva - La misma contradicción
Este análisis del discurso de Milei en la ORT es la segunda parte de una refutación más amplia. En marzo de 2025, en la Universidad Yeshiva de Nueva York, Milei ya había expuesto la misma arquitectura filosófica contradictoria: individualismo metodológico que niega la sociedad, pero refugio en una identidad colectiva extranjera; Estado como "ladrón" en Argentina pero exaltado en Israel; y alianza incondicional que abdica del bien común nacional.
En Yeshiva se ve la raíz geopolítica del error. En la ORT se ve su teología política: divinizar el capitalismo como "sistema preparado por Dios".
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