El horror de la eutanasia: reflexiones sobre la buena muerte, parte 1

EL HORROR DE LA EUTANASIA

Reflexiones sobre la buena muerte - Parte I

Por: Felix Pavan

I. Un diagnóstico y una trampa de palabras

Antes de recetar nada, todo buen médico empieza por revisar al paciente para poder tener un diagnóstico certero. Si hacemos ese mismo ejercicio con la sociedad de nuestro tiempo, el diagnóstico no es alentador. Santo Tomás de Aquino lo explica con una claridad que no envejece: todo ser tiende por naturaleza a conservar su propia vida, y por eso pertenece a la ley natural todo lo que ayuda a sostenerla, y va en contra de ella todo lo que la destruye (S.Th., I-II, q. 94, a. 2).

Nos es natural cuidar nuestra vida, aferrarnos a ella, defenderla. De ahí nacen todos los derechos, porque los muertos no tienen ninguno. ¿En qué momento, entonces, empezamos a llamar "derecho" al suicidio, o a pedirle a otro que nos mate? Vivimos en lo que muchos llaman la cultura de la muerte, donde las leyes empiezan a contradecir abiertamente lo que el sentido común y la naturaleza nos dictan. Primero se legalizó terminar con la vida en el vientre materno. Ahora se avanza sobre el otro extremo de la vida: el suicidio asistido y la muerte por enfermedad. Estas líneas son una reflexión modesta sobre ese segundo frente.

Hay un terreno que descuidamos durante mucho tiempo: el del lenguaje. Las palabras no son un detalle decorativo, son el puente entre lo que pensamos y lo que después hacemos. Cuando cambia el nombre de las cosas, tarde o temprano cambia también cómo las juzgamos.

Hoy es moneda corriente hablar de "prestación de ayuda para morir", de "autonomía de la voluntad", de "derecho a decidir" o de "libertad sobre mi cuerpo y mi vida". Son frases que suenan bien, casi amables. Pero detrás de ellas hay una operación muy concreta: vestir de compasión lo que en el fondo es otra cosa, un abandono. Es más fácil ayudar a alguien a morir que acompañarlo de verdad hasta el final.

La tesis de este texto es simple: la eutanasia no es ningún triunfo de la libertad. Es la rendición final ante la idea de que nada tiene sentido, y es también el Estado renunciando a su deber más elemental, que es cuidar la vida de su gente. Decir "mi vida me pertenece, hago con ella lo que quiero" suena a frase libre, pero es apenas un capricho con buena prensa. La libertad no fue hecha para destruirnos, sino para que con ella tendamos al Bien, y quitarse la vida es exactamente lo contrario del bien: es la pérdida total de todo lo que uno es.

La palabra libertad ha sufrido una transformación profunda. Para la mentalidad moderna, ser libre significa poder elegir cualquier cosa, incluso la propia destrucción. Pero es un concepto muy diferente en la realidad: consiste en la capacidad de elegir el bien. Nadie considera más libre a un alcohólico porque pueda seguir bebiendo hasta destruirse. Tampoco consideramos libre a quien se arroja desde un puente. La libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en actuar de acuerdo con la verdad de nuestra naturaleza.

Por eso la autonomía jamás es un criterio absoluto. La voluntad humana tiene una dignidad enorme, pero no crea el bien ni el mal. Puede elegirlos. Cuando la voluntad se vuelve la única medida de todas las cosas, desaparece toda referencia objetiva y terminamos llamando derecho incluso a aquello que destruye al hombre.

Cuando una ley permite matar a alguien porque "su vida ya no tiene sentido" o porque "es una carga", en el fondo está diciendo que no existe una naturaleza humana común a todos, que no hay un bien compartido, sino solamente decisiones sueltas de cada uno. Eso, llamado por su nombre, es nihilismo práctico: ya no se discute con argumentos, se decide por puro capricho, y el que tiene más fuerza —el Estado, el sistema de salud, la familia cansada— termina imponiéndose sobre el más débil.

II. Por qué la vida no es nuestra para disponer de ella

La vida como un don, no como una propiedad

San Agustín lo dice sin vueltas en “La Ciudad de Dios“: el mandamiento "no matarás" vale también para uno mismo, porque quien se quita la vida, mata a un hombre. Santo Tomás retoma esta idea y explica que el suicidio es una triple injusticia (S.Th., II-II, q. 64, a. 5). Es una injusticia contra uno mismo, porque rompe el cariño natural que cualquiera debería tener por su propia vida. Es una injusticia contra los demás, porque la comunidad pierde a uno de los suyos. Y es, sobre todo, una injusticia contra Dios, porque la vida es un don suyo, no una posesión nuestra.

Pensemos en un ejemplo simple: a nadie se le ocurriría decir que el inquilino de una casa puede demolerla porque "es suya por un tiempo". No lo es: la cuida, la habita, responde por ella, pero no le pertenece. Con la vida pasa algo parecido. Somos administradores, no dueños. Y un administrador que destruye lo que se le confió comete una falta grave, aunque lo haga con sus propias manos y sobre su propia persona.

El dolor que no se elimina, se transforma

El mundo de hoy mide el valor de una vida según lo útil o lo placentera que sea. Bajo esa vara, una vida con dolor parece una vida que sobra. Una vida que no llegue a ser "plena" según sus parámetros, es una vida que no merece ser vivida. Pero el dolor no es un sinsentido que haya que borrar al precio de borrar también a quien lo sufre. Es una realidad dura, sí, pero que, unida a la Pasión de Cristo, puede purificar a una persona en sus últimos días en vez de degradarla.

Cristo, siendo Dios hecho hombre, fue llamado por el profeta "Varón de Dolores". No hay sufrimiento humano que Él no haya conocido, y fue justamente a través de ese sufrimiento que nos redimió. Y María fue la criatura a la que Dios más amó, y eso no la salvó de padecer lo indecible, al punto de merecer que la Iglesia le haya dado el título de corredentora. Mirar el dolor con esa misma fe no lo convierte en algo liviano, pero sí en algo que tiene sentido, en lugar de un mal absurdo que solo se resuelve eliminando al que lo padece.

¿Qué es, en realidad, la dignidad?

Se habla mucho de "morir con dignidad", pero conviene preguntarse: ¿dónde está esa dignidad? No está en lo que el hombre puede hacer, sino en lo que el hombre es. Uno de los argumentos más usados a favor de la eutanasia dice que una persona postrada, dependiente, ya no tiene una vida digna. Es un error grave, porque pone la dignidad en el rendimiento y no en el ser.

Si esto fuera cierto, tendríamos que aceptar conclusiones que ninguno de nosotros aceptaría en la práctica: que un bebé recién nacido, que todavía no razona, no tiene dignidad; que un abuelo con demencia avanzada tampoco; o, llevando el absurdo hasta el final, que ninguno de nosotros la tiene mientras duerme.

La dignidad humana aparece ya en el Génesis: "A imagen de Dios los creó" (Gen. 1, 27). Santo Tomás explica que esa imagen está en el alma racional, en el intelecto y la voluntad. Por eso, aunque alguien peque, pierda la lucidez o atraviese el deterioro físico más extremo, nunca deja de ser imagen de su Creador. Esa dignidad no se gana ni se pierde según el estado de salud: viene incluida en el simple hecho de existir como criatura de Dios.

Si la dignidad dependiera en cambio de la salud o de la utilidad, pasarían tres cosas, todas graves:

Primero, dejaríamos de ser iguales entre nosotros: el sano valdría más que el enfermo, el inteligente más que quien tiene una discapacidad. Algunos serían "más humanos" que otros, y la historia ya nos mostró adónde llevan esas ideas.

Segundo, todo se volvería arbitrario: ¿quién decide dónde está el límite? ¿Con un sesenta por ciento de lucidez alguien todavía es digno, y con un cuarenta ya no? Sin una naturaleza humana objetiva como punto de referencia, la dignidad termina dependiendo del capricho de quien tiene el poder de decidir.

Y tercero, la idea se vuelve en contra de quien la sostiene: el médico o el legislador que hoy decide que una persona con demencia "ya no tiene dignidad" puede llegar a estar, mañana, en esa misma situación, atrapado por su propia regla.

Un hombre en coma sigue orientado hacia Dios aunque en ese momento no pueda rezar. Un niño por nacer también, aunque todavía no razone. Esa orientación hacia Dios no depende de lo que uno puede hacer en cada momento: es parte de lo que uno es. Por eso quitarle la vida a alguien inocente, por más postrado o disminuido que esté, sigue siendo lo que siempre fue: un mal en sí mismo.

La dignidad, dijimos, no está en el orden del ágere, sino en el orden del esse. Es una dignidad constitutiva de la naturaleza humana y no se mide por acciones. Es la dignidad de una criatura que es creada por Dios y tiende hacia Él como a su fin. Mientras estemos en esta vida, en esta larga peregrinación, tenemos esa dignidad.

Continúa en la Parte II: El peligro en Argentina y Canadá


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