El Horror de la Eutanasia (Parte II): la buena muerte y el peligro en Argentina

EL HORROR DE LA EUTANASIA — PARTE II

Por: Felix Pavan

SERIE: EL HORROR DE LA EUTANASIA
Parte I - Reflexiones filosóficas
Parte II - Estás acá
Parte III [NUEVO] - 23 proyectos en Argentina
El horror de la eutanasia parte 2

III. La buena muerte y su falsificación

Lo que de verdad es una buena muerte

Hoy se habla mucho de la "buena muerte", pero pocas veces se explica qué significa. Para la mentalidad moderna, la buena muerte es la que llega de golpe, sin dolor y, sobre todo, sin que uno se entere: dormirse y no despertar más, o un paro cardíaco repentino. "Si me muero sin darme cuenta, esa es una buena muerte", repite mucha gente. Otros van más lejos y creen que la buena muerte es la que uno mismo programa y decide, como quien escribe el último capítulo de su propia historia.

Santo Tomás nos ofrece otra brújula: el bien es aquello hacia lo cual tiende todo, y por eso el bien y el fin van de la mano (S.Th., I-II, q. 1, a. 1). Si esto es así, la verdadera buena muerte no es la más rápida ni la más indolora, sino la que une al hombre con su fin último, que es Dios.

La buena muerte, entendida así, es un tránsito consciente, en la medida en que el cuerpo lo permita, donde el alma se prepara mediante la aceptación humilde del sufrimiento final (lo que se entiende por el término agonía en su acepción más clásica), fortalecida por los sacramentos: la Confesión, la Extremaunción, el Viático. Es la muerte que ocurre en casa o en un hospital, una muerte esperada, pero rodeada de familia, de oraciones, y asistida por un sacerdote. Todo lo contrario de morir a solas, dormido, sin preparar la conciencia. Todo lo contrario a una muerte súbita, inesperada.

Es el punto culminante de la vida. Su último acto, y el más importante. Es el sello final, el que le termina de dar sentido a todo lo anterior. Y como todo acto, requiere una cierta práctica para que no nos halle desprevenidos.

Un atleta se prepara durante años para una carrera que dura apenas unos minutos, o incluso segundos. Un soldado entrena durante meses para una batalla que puede decidirse en una sola tarde. Sin embargo, la gran mayoría de los hombres se pasean toda su vida sin prepararse para el momento más importante de todos: su último momento.

La muerte siempre fue considerada sagrada, allí queda sellada para siempre la orientación fundamental del alma. Por eso los cristianos pedían diariamente la gracia de una buena muerte. No buscaban una muerte rápida ni indolora, sino una muerte santa: reconciliados con Dios, fortalecidos por los sacramentos y acompañados por la oración de la Iglesia.

La eutanasia como una falsificación

Frente a esto, la eutanasia es una imitación fría de lo que debería ser ese momento. Bajo las apariencias de un acto médico, lo que en realidad sucede es que se le roba a la persona sus últimas horas: precisamente esas horas en las que todavía puede pedir perdón, ordenar su vida, arreglarse con su familia, arrepentirse. Es el tiempo donde más está en juego, y la eutanasia se lo arrebata al enfermo justo cuando más lo necesita.

Es un anti sacramento, con sus ministros y rituales propios. Se sustituyó al sacerdote por los expertos, la confesión por la terapia, la eterna salvación por el bienestar temporal. Es todo lo contrario a la naturaleza, y realmente llama la atención lo "naturalizado" que está, al punto que es deseada por muchos como un bien en sí mismo.

IV. Lo que ya pasó (y lo que se viene) en la Argentina

Para entender el peligro real que tenemos delante, conviene mirar un poco de historia legislativa reciente.

La Ley de Muerte Digna de 2012

La Ley 26.742 modificó la Ley de Derechos del Paciente y habilitó a cualquier persona a rechazar tratamientos médicos, suspender procedimientos desproporcionados, negarse a medidas de soporte vital, rechazar la hidratación o alimentación artificial cuando solo prolongan una situación irreversible, y dejar directivas para el futuro por escrito.

Jurídicamente, esto no se considera eutanasia, sino el rechazo legítimo del llamado "encarnizamiento terapéutico": permite que la enfermedad siga su curso natural, sin obligar a nadie a someterse a tratamientos extraordinarios para sostener la vida a toda costa. En principio, no hay un problema moral de fondo en esto. La excepción es el caso de la hidratación y alimentación artificial, donde conviene mirar cada situación particular, porque ahí sí puede abrirse una brecha para la posterior corrupción de la ley.

Dejar morir no es lo mismo que hacer morir

La diferencia jurídica es clara, aunque a veces se la quiera confundir a propósito:

Muerte digna: se retiran o no se inician tratamientos extraordinarios. La enfermedad sigue su curso.

Eutanasia: un tercero hace algo concreto, como aplicar una inyección, para provocar la muerte.

Suicidio asistido: un tercero entrega los medios para que el propio paciente termine con su vida.

Por eso muchos juristas hablan de una transición: del principio clásico que ponía en el centro la conservación de la vida, hacia un principio cada vez más fuerte de autonomía individual, donde lo que importa ya no es la vida en sí, sino la voluntad del momento.

Antes que nada, debemos apuntalar bien esta diferencia. No toda muerte provocada por una decisión humana es eutanasia. Existe una diferencia fundamental entre matar y dejar morir. La doctrina católica nunca enseñó que haya obligación de utilizar todos los medios posibles para prolongar la vida. Cuando un tratamiento resulta extraordinario, desproporcionado o inútil, puede ser legítimo suspenderlo y permitir que la enfermedad siga su curso natural.

Pero una cosa es aceptar que la muerte llegue cuando ya no puede evitarse razonablemente, y otra muy distinta es provocarla deliberadamente. En el primer caso se permite que la naturaleza siga su camino; en el segundo la muerte es producida de manera activa, buscada en sí misma como fin o como medio. La palabra clave en este asunto es "permitir".

La diferencia puede parecer pequeña, pero moralmente es enorme. No es lo mismo retirar un tratamiento inútil que administrar una sustancia letal. En ambos casos el paciente puede morir; sin embargo, en el primero la muerte es tolerada, es lo que naturalmente hubiera ocurrido de no ser por la técnica o el tratamiento que se esté llevando a cabo, mientras que en el segundo es producida de manera activa, buscada en sí misma.

Lo que el Código Penal todavía protege

Ayudar o instigar a alguien a suicidarse sigue siendo delito en la Argentina. Por eso, hoy por hoy, ningún médico puede administrar una sustancia para causar la muerte ni entregar los medios para que el paciente se la dé a sí mismo, como sí ocurre en países como Bélgica, los Países Bajos o Canadá.

El ejemplo de Canadá

Para comprender hacia dónde se dirige una nación cuando claudica en la defensa del derecho a la vida, es obligatorio analizar el trágico caso de Canadá. En el año 2016, bajo el eufemismo de MAID (Medical Assistance in Dying / Asistencia Médica para Morir), el parlamento canadiense legalizó la eutanasia limitándola estrictamente a pacientes terminales cuya muerte natural fuera "razonablemente previsible". Los promotores de la ley aseguraban que se trataba de un acto compasivo regulado por estrictas salvaguardas legales.

Sin embargo, la realidad demostró que las salvaguardas en el derecho positivo son una ficción cuando se asientan sobre la negación de la ley natural. En apenas unos años, la pendiente resbaladiza operó con una velocidad sorprendente:

1. La eliminación del requisito de muerte terminal: Mediante la reforma de la ley, se extendió el acceso a la eutanasia a personas con enfermedades crónicas o discapacidades que no se encontraban en peligro inminente de muerte. Bastaba con alegar un "sufrimiento intolerable".

2. La eugenesia de la pobreza y la vulnerabilidad: El sistema de salud canadiense, marcadamente burocratizado, comenzó a ofrecer activamente la eutanasia a pacientes discapacitados, veteranos de guerra con estrés postraumático e indigentes, no por razones médicas, sino porque la muerte provocada resulta financieramente más barata para el Estado que sostener los cuidados paliativos, las pensiones por invalidez o los tratamientos de alta complejidad. La eutanasia pasó de ser un "derecho" a convertirse en una sugerencia para los descartados por el sistema.

3. El abismo de la salud mental: El debate legislativo canadiense llegó al extremo de planificar la extensión del protocolo MAID para personas cuyo único padecimiento fuera una enfermedad mental o una depresión profunda. El Estado, en lugar de sostener al deprimido, de ofrecerle un tratamiento y acompañarlo, le ofrece la muerte.

El argumento es siempre el mismo: se comienza con casos excepcionales, presentados como dramáticos e irrepetibles, y una vez aceptado el principio de que algunas vidas pueden ser eliminadas deliberadamente, las excepciones se multiplican hasta convertirse en regla. La historia reciente demuestra que el problema nunca fue dónde colocar el límite, sino haber renunciado al límite mismo.

El peligro que se viene

Lo que ocurrió en Canadá es lo mismo que se busca para el resto del mundo. Numerosos países comenzaron a debatir el tema en un plazo muy acotado de tiempo, como si la vida pudiera ser debatible. Desde 2021, aproximadamente, empezaron a presentarse en el Congreso distintos proyectos para legalizar la eutanasia, el suicidio asistido o ambas cosas. Uno de los más conocidos fue la llamada "Ley Alfonso", impulsada después del caso de Alfonso Oliva, que padecía ELA, junto con otros proyectos presentados por legisladores de distintos espacios políticos. Hubo también un proyecto de "Ley de Buena Muerte", que buscaba reconocer el derecho a pedir ayuda médica para morir en ciertas enfermedades graves e incurables.

Ninguno de estos proyectos fue aprobado todavía, pero la insistencia con la que vuelven a presentarse muestra hacia dónde sopla el viento, y el hecho de que se haya instalado el debate —sobre algo que no es debatible: el asesinato de un inocente— nos muestra el peligro inminente que corre nuestra patria. Y no sólo nuestra patria: basta una pequeña búsqueda para ver que desde el 2020, son muchos los países que empezaron con esta clase de debates, y algunos lamentablemente ya han sucumbido.

Lo que está en juego

Si algún día se aprobara una ley así en nuestro país, las consecuencias no serían menores. Es una muestra más del peligro del positivismo jurídico: todo lo que sea discutido y aprobado, por más antinatural que sea, puede llegar a ser "ley" y "obligar" a todos los ciudadanos, por más aberrante que sea, como ya ha ocurrido con otras normas que contradicen la ley natural y que décadas atrás parecían impensables (aborto, matrimonio igualitario, identidad de género, divorcio sin causal, etc).

El médico dejaría de ser, por mandato de la ley, el que cuida la vida, para convertirse también en el verdugo del aparato estatal. Es difícil pedirle confianza a alguien que un día puede curarte y al otro puede ofrecerte la muerte.

En un país con crisis económicas tan habituales, la sola existencia de esta opción generaría una presión silenciosa pero real sobre los ancianos y los enfermos crónicos. El abuelo que hoy se siente cuidado, mañana podría empezar a sentirse una carga, un gasto que la familia o el Estado ya no quieren afrontar. Lo que se presenta como "elección libre" termina funcionando, en la práctica, como una presión difícil de resistir para el más débil. ¿Cuántos casos hemos visto de personas obligadas por las circunstancias a morir de este modo?

Y la objeción de conciencia, esa cláusula que en teoría protege al médico que no quiere participar, en la experiencia de otros países termina cediendo ante la presión de los hospitales y los tribunales. El que se niega a matar pasa, poco a poco, a ser visto como el problema. El médico se convierte en un perjuro: "jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo". El Estado se convierte en Herodes, que asesina a los más débiles e indefensos de la sociedad.

V. El deber de resistir

Frente a este avance, no hay lugar para la tibieza ni para mirar para otro lado. San Agustín y Santo Tomás lo dicen con toda claridad: una ley que autoriza matar a un inocente no es, en realidad, una ley, sino la corrupción de la ley. Y lo que no es verdadera ley, no obliga en conciencia.

En lugar de legalizar la muerte, deberíamos preguntarnos qué más podemos hacer para acompañar mejor a quien sufre: más presencia, mejor medicina, más paciencia, y sobre todo, acompañamiento espiritual. No hace falta una ley nueva para sentarse al lado de una cama y rezar un rosario con alguien que tiene miedo. Tenemos que cumplir con el cuarto mandamiento de Dios, y tenemos las obras de misericordia para guiar nuestro obrar.

Más allá de cualquier discusión médica o legal, lo que está en juego es devolverle a la muerte su carácter sagrado. Un carácter que acompañó a todas las civilizaciones desde Adán y Eva hasta las revoluciones anticristianas más recientes. Que ningún argentino tenga que morir solo, en la frialdad de un protocolo, sino rodeado por su familia y, sobre todo, por la asistencia espiritual de la Iglesia.

El verdadero desafío de una sociedad no es eliminar a quien sufre, sino aliviar su sufrimiento sin destruirlo.

La eutanasia no elimina el dolor: elimina al hombre que lo padece.

Es la salida fácil, simple y económica: no requiere grandes planes de infraestructura, medicina, acompañamiento, salud mental. Nada de eso. En lenguaje directo: no existe el problema si no existe quien lo padezca: muerto el perro, se acabó la rabia.

Defendiendo con firmeza la ley natural, y buscando que Cristo reine también sobre nuestras leyes y nuestras familias, podemos todavía frenar esta pendiente y asegurar, para cada uno de nosotros, el don de una muerte verdaderamente buena.

Pidamos a Dios Nuestro Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María y de San José, patrono de la buena muerte, la gracia de vivir cristianamente para poder morir santamente.


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