El Concepto Cristiano de Patria — Alberto Caturelli
En ocasión de conmemorarse el 210° aniversario de la Declaración de la Independencia por el Congreso de Tucumán, desde el Círculo Nacionalista queremos proponer como tema de reflexión los elementos constitutivos de la Patria desde un análisis metafísico: el concepto cristiano de Patria. Tal fue la conferencia que Alberto Caturelli diera en el marco del IV Congreso del Instituto de Promoción Social Argentino (IPSA), realizado en Octubre de 1978 en la localidad de Río Tercero, Provincia de Córdoba y luego publicada en el número 191 de la Revista Verbo de abril de 1979. Hacemos propias las palabras de cuyo texto se dijo que "constituyen una auténtica afirmación de los principios tomistas que animan nuestra Obra" y elevamos nuestras oraciones al Cielo para pedir por la ventura de nuestra Patria.
El Concepto Cristiano de Patria
por Alberto Caturelli
1. La noción de patria desde sus fundamentos metafísicos
Cuando yo era niño y en la escuela donde cursé los primeros grados se izaba la bandera, me emocionaba hasta las lágrimas; hoy también me ocurre. Pero entonces, si alguien, ante el símbolo de la patria, me hubiese preguntado qué era la patria no habría sabido responder. Y muchos hombres que están listos a dar todo por ella, tampoco sabrían definirla: no pueden traducir en conceptos cierto sentimiento fundamental previo a una elaboración racional. Y, sin embargo, este tipo de elaboración no sólo es posible sino necesaria. Si interrogáramos al hombre común o a aquel niño que acabo de recordar, quizá respondiera vagamente que la patria es el lugar donde ha nacido citando, sin saberlo, a Cicerón. Si insistiéramos con el interrogatorio, es seguro que las respuestas serían una suerte de suma de factores que hacen alusión a la tierra, a la historia, a la cultura, a la tradición, a la comunidad humana, pero sin acertar a conferirle una unidad sintética. Por eso, es misión de la reflexión filosófica la búsqueda de esa unidad que sin duda subyace en las respuestas del hombre común.
Es evidente que, cuando se dice que es el "lugar" donde se ha nacido, implícitamente se reconoce que no se puede nacer sino en un lugar, en un espacio tanto cósmico cuanto existencial y que, por consiguiente, nadie puede nacer fuera de él; luego, existe una relación real y previa, una vinculación primaria, que precisamente por serlo, es imposible traducir inmediatamente en conceptos. Lo que es ineludiblemente verdadero es que esa relación es constitutiva, ineliminable, aunque yo me ausente de mi patria para siempre. Esta es mi patria, mi "lugar" de origen y semejante vínculo constitutivo no es separable de mi propia naturaleza. Pero solamente el hombre "siente" y sabe de este vínculo. Las bestias dicen relación ineludible a un medio biológico y cumplen su fin sin conocerle; pero eso, las bestias tienen un medio biológico pero no tienen propiamente patria. Solamente el hombre tiene patria; más aún, es patriota. Esto es así porque solo el hombre tiene conciencia de sí y de la totalidad de lo existente. El ente autoconsciente (el hombre) es el lugar de evidencia del mismo ser o esse de cuyo acto participa todo lo que es, de tal modo que todo ente —en este caso el ente autoconsciente— consiste, ante todo y primeramente, en este vínculo originario (la participación del ser) por el cual simplemente existe. De ahí que el ser del ente, aunque inseparable de él, no es el ente; dicho de otro modo, el ser del ente no pertenece al ente necesariamente sino que podría ser o no ser; es decir, en el orden esencial, el ente puede ser concebido y esto no implica su existencia; por eso, el ser como acto de ser es siempre gratuito, don puro, participación. En tal caso, la participación y contingencia suponen la causalidad pues resulta inconcebible un ente por participación que no sea causado; por tanto, el ente en quien se evidencia el ser apunta hacia el Ser que es su mismo esse y no es otro que el Ipsum Esse subsistens. Por consiguiente ningún ente subhumano tiene ni conciencia de sí ni, por cierto, del ser y carece, por ello, de la conciencia de su vinculación originaria con el ser. Pero este vínculo primero —válido en todo lugar y en todo tiempo— no es una relación abstracta pues uno tiene conciencia de sí y del ser en una circunstancia y en un lugar concreto. Y aquí, precisamente, encontramos el fundamento óntico-ontológico de la pregunta por la patria como el "lugar" donde se ha nacido. Fundamento óntico porque sólo el ente autoconsciente —el hombre— puede saberlo; fundamento ontológico, porque esta relación primera es por el ser. En cuanto yo soy y tengo conciencia de esta participación trascendental en y desde un determinado lugar, el hombre mismo proporciona el fundamento óntico. Este "lugar" aparece como necesario y anterior a toda elección posible; de ahí que yo no pueda no ser argentino. Es decir que, en lo que alguna vez he denominado la primera epifanía del ser, la circunstancia concreta desde la cual el ente adviene a la conciencia de la participación es necesaria y constitutiva. Por eso, para el hombre común, inexplicable.
Esta referencia al "lugar" donde se ha nacido, supone que el ente autoconsciente es punto de mira de las relaciones entre un cuerpo (que el mismo hombre es) y los demás cuerpos; más aún, con la totalidad de "lo otro" (la naturaleza en sentido lato) que es también por el acto de ser. Pero semejante atribución del acto de ser a todo lo que es —como anterior al hombre— es necesaria y constituye, ante todo, el "lugar" que conlleva el concepto de "espacio" al menos como distancia entre todos los lugares. De ahí que la autoconsciencia —que supone la conciencia de sí y del ser— supone también un vínculo originario con el lugar y el espacio concretos, este lugar y este espacio míos. Este es el fundamento de mi vínculo con una determinada geografía, con un territorio, con una naturaleza que, en cierto modo, llevo conmigo. De ahí que, aunque me vaya lejos de la patria, llevo conmigo su paisaje, su ambiente físico, hasta sus colores y sus aromas. Por donde se percibe que la búsqueda de un fundamento metafísico ya nos ha puesto en evidencia que no es posible hablar de patria sin una determinada geografía.
Este fundamento ontológico primero que ilumina, después, un dominio geográfico, un lugar y un espacio conceptualmente inexpresables, no son suficientes todavía para definir la patria. El hombre no sólo supone la evidencia del ser y su vinculación originaria a una geografía, sino que este saber primero (de sí y del ser) implica la pertenencia a una comunidad; en efecto, como ya lo he expuesto en diversas ocasiones, la conciencia de sí que implica la conciencia originaria del ser, pone una distinción del sujeto no sólo respecto de la naturaleza (vínculo geográfico) sino respecto de los otros sujetos (vínculo social). Dicho metafísicamente, el otro sujeto es, como yo, ente en quien se participa el ser y le trasciende; por eso, la distinción, como toda distinción, supone aquello de lo cual o respecto de lo cual se distingue y, por consiguiente, el hombre no puede existir sino con el otro sujeto que es el prójimo. Por lo tanto, la religación con el prójimo, con el tú, no le adviene jamás al hombre porque el hombre ya consiste en esta ontológica religación con el prójimo. En tal sentido, no es pensable el hombre sino con su prójimo (sociabilidad originaria). Si retomamos el planteo desde el principio, entonces será necesario reconocer que, siendo el hombre en cuanto sujeto el lugar metafísico (ens) de patencia del ser (esse), es, ante todo, comunicación consigo y este mismo acto es contemplación originaria del ser supuesta a toda otra atribución del ser. Por eso mismo y por lo que ya he dicho, es el hombre comunicación contigo, es decir, con el tú, con el prójimo al cual se encuentra religado ontológicamente; luego, la originaria sociabilidad del hombre es, esencialmente, común-unión, es decir, comunión de personas y, por eso, cada uno implica una comunidad humana. Por consiguiente, cuando me refiero al "lugar" donde he nacido, hago referencia no solamente al ser como último fundamento y a una geografía y un espacio determinados, sino a una comunidad de la cual soy inescindible. La patria como vínculo y cobijo originario supone, pues, una sociedad con la cual no me confundo pero a la cual integro y de la cual soy miembro vivo. Y esta comunidad es reconocible por mí en un plano concreto y no siempre expresable en conceptos abstractos; pero es, para mí, identificable por numerosos signos, algunos imponderables, y que hacen referencia a una modalidad psicológica, a vínculos vitales, costumbres, actitudes comunes, todo lo cual la hace, para mí en cuanto miembro suyo, perfectamente identificable. No hay patria sin aquella raíz óntico-ontológica, sin el fundamento geográfico-espacial y sin una concreta comunidad social. Esta comunidad de personas es el pueblo del cual soy miembro, como mi gran familia y que San Agustín definiera tan exactamente: populus est coetus multitudinis rationalis, rerum quas diligit concordi communione sociatus (De Civ. Dei, 19, 24): es decir, "la congregación de (seres) racionales, asociados por la concorde comunión de cosas que aman"; dicho de otro modo, el pueblo no es una mera suma o agregación extrínseca de individuos, ni una indistinta masa de anónimos, sino cierta comunión concorde de personas que se reconocen en ella misma; comunidad viva, enraizada en un espacio geográfico que no es meramente exterior sino que se incorpora a lo más íntimo de nuestra interioridad.
Pero todo lo dicho no es todavía suficiente pues la comunidad concorde como hecho natural, está implícita en la primera evidencia del ser, como ya dije. Esta primera evidencia (contemplación originaria) constituye, en todo hombre, un saber originario que es saber el ser, lo que primero aprehende la inteligencia. Esto supone que lo que primeramente se sabe es el ser y, por eso, lo primero que nuestro espíritu "dice" (aunque no sea pronunciado fuera) es, precisamente, el ser; tal es la palabra originaria (el verbo interior de San Agustín) que es palabra del ser por la cual es designado todo ente como ser; "lo que" originaria aunque confusamente se sabe es el ser y, por eso, es común a todo hombre, universal y necesario. Así como el intellectus que intuye el ser ilumina la posterior argumentación de la ratio, así la palabra del ser genera y hace posible toda palabra exterior, a partir del silencio de la palabra originaria se sigue la exterior sonoridad de las palabras que son tales por la palabra del ser. Sin entrar aquí en el problema del lenguaje, es evidente que el conjunto de sonidos articulados por los cuales todo hombre manifiesta lo que piensa y lo que siente, es decir, el lenguaje, depende, en el plano metafísico, de la palabra del ser. Aunque no separamos lo que se dice (cuando escuchamos hablar una lengua aunque no sepamos su sentido), los escolásticos, tan sabios siempre, distinguieron entre el lenguaje y la lengua puesto que esta última es ya por convención y, por eso, el lenguaje genera las vertientes de las diversas lenguas. Palabra interior — lenguaje — lenguas. La lengua aparece así como natural, necesaria, pero, a la vez, expresiva de todo el hombre concreto. Lo que dice es la materia, el sentido, la forma, pero aquella materia lleva consigo los elementos individuales, intransferibles, de este hombre concreto, perteneciente a esta comunidad humana y a esta geografía y espacio concretos. Por eso, en el fondo, ninguna lengua es plenamente traducible y es también una e inseparable de la circunstancia concreta. De ahí que no se puede hablar de patria sin que ésta suponga una lengua (por lo menos dominante) y constitutiva de ella.
La lengua, pues, por un lado, supone la palabra del ser y su encarnación exterior en el lenguaje y esto es universal; por otro lado y al mismo tiempo, supone un trasfondo inconmensurable propio de esta determinada comunidad social, la lengua, que confiere y a la vez expresa un peculiar modo de ser, no universal sino característico de determinada patria. De ahí que siempre hayan sido graves los problemas derivados de una pluralidad de lenguas para la unidad de la patria.
Ya dije antes que esta comunidad concorde que se expresa por medio de determinada lengua, implica la primera evidencia del ser por la cual es. Pero si nos fijamos bien, la presencia del ser al ente autoconsciente, no puede darse sino en el presente de la conciencia; conciencia es, en efecto, cum-scire, saber-con; es decir, es saber (originario) con el ser y del ser; por eso, este saber primero se da en el presente, es decir, en el momento presente del tiempo y el tiempo no es otra cosa que eso mismo como distensión del espíritu. Es decir, no existe el hombre ni tampoco la comunidad social sin esta primera evidencia de la temporalidad que es presente en el cual se convierten pasado y futuro; presente en verdad inaprehensible hacia el cual se convierte el pasado (que ya no es) y el futuro (que aún no es) pero que de algún modo existen en el presente. De donde se sigue que no existe ni puede existir un pueblo (comunidad concorde) sin la temporalidad, la suya propia, que constituye no sólo su presente, sino que, en él, pone todo su pasado y anticipa todo su futuro; es decir, no hay hombre ni existe comunidad social sin historia; luego, toda comunidad social supone su propia historia y como ésta sólo tiene sentido en la acción cotidiana de entregar, en cada presente, todo el pasado que abre el futuro, la patria no se concibe sin su tradición histórica que es, precisamente, su propia temporalidad intransferible. El acto de entregar o de dar, de transmitir; el acto de enseñar por medio de lo que se entrega en cada momento del tiempo histórico, es la tradición (de trans y do), de donde trado indica el acto por el cual yo pongo algo (en el presente) en manos de otro, abriendo así el momento del futuro. Por eso, no existe historia sin tradición y, consecuentemente, no hay patria sin tradición.
Supuesto el orden metafísico (ámbito de la acción inmanente de la contemplación, del que me eximo de tratar aquí), el hombre debe operar ad extra creando, con su trabajo, el mundo de la cultura y de la técnica. Precisamente en cuanto la operación es acción transeúnte, no puede realizarse sino en el presente del presente, es decir, en el tiempo anterior y, por eso, en el ámbito de una determinada tradición. En el tiempo histórico —que pasa por mi conciencia y por la de cada uno de los miembros de la comunidad— el hombre (causa eficiente principal) por su operación transeúnte (acto segundo) es capaz de crear una obra (efecto de la operación). Cuando la obra pone de manifiesto un valor inútil de pura contemplación, crea la cultura; cuando pone de manifiesto un valor útil (artefacto, instrumento, máquina, etc.) crea la técnica; en ambos casos, así como la causa se participa en el efecto que produce, el sujeto se participa en la obra y, por eso, todo el mundo del trabajo del hombre lleva su rostro, pero lo lleva en este tiempo histórico determinado que es el tiempo histórico y la tradición de esta comunidad concreta. Por eso, no hay patria no sólo sin tradición sino también sin determinada cultura cuyo dinamismo se confunde con el de la misma tradición histórica. Más aún; en cuanto el hombre, sujeto de toda operación, no es la causa eficiente absoluta sino segunda, requiere una Causa eficiente absoluta bajo cuyo influjo actúa la causa libre; por eso, toda operación humana es co-operación de Dios y co-operación con Dios. Allende la contingencia del hombre y de la comunidad concorde, más allá de la contingencia de la patria, el todo se ordena a Dios como último fin absoluto que confiere sentido tanto al fundamento terreno de la patria, cuanto a la comunidad concorde y a su tradición histórica.
Así, pues, recogiendo en una unidad —compleja pero sin dejar de ser propiamente una— todos los elementos de este análisis, se puede decir que la patria es un todo actual esencial que se compone de una comunidad concorde de personas sustancialmente vinculada a un territorio, que expresa su naturaleza en una lengua determinada, constitutivamente transmisora de una tradición histórica y cultural, orientada hacia el fin último absoluto que es Dios.
2. La patria en la Antigüedad pagana
Esta idea de patria ha sido formulada por una reflexión filosófica desarrollada bajo el influjo de la Revelación cristiana, pero que no por eso deja de ser estrictamente filosófica, es decir, natural. Sin embargo, es realmente iluminador contemplar el desarrollo histórico de la noción de patria para comprender el sentido de su transfiguración total por el Cristianismo y la vigencia que semejante noción tiene en Hispanoamérica. En efecto, la patria, para el hombre griego, se identificaba con la polis; ésta estaba inscripta en la necesariedad del cosmos y a la vez era habitada por los dioses, haciendo de la patria un recinto sagrado. La patria era, pues, como para los romanos, la terra patrum, la tierra de los padres; la patria chica era entonces el hogar y la patria grande la ciudad; por eso el hombre antiguo se sentía inseparablemente unido a la tierra de sus antepasados y separarse de ella equivalía casi a la muerte. Rómulo, cuando funda Roma, lleva consigo tierra de su patria, o sea de sus padres y sus dioses, perpetua como lo exigía un mundo de la necesidad y del perpetuo retorno. La patria es sólo un momento de la circularidad del todo, realidad sagrada, pero sin una providencia trascendente a ella que la gobernase. De ahí que el extranjero no tuviera ningún derecho, pues él no pertenecía a esa terra patrum ni podía pertenecer a ella ya que no tenía ni la sangre ni la tierra de los antepasados. Nada pues había fuera de esta tierra de los padres que debiera ser amada por el hombre; el hombre antiguo no tenía una razón última de ser y, en términos cristianos, aunque religiosa y sacra, su patria era estrictamente secular; era una patria inmanente al mundo cuyo fundamento geográfico-terreno era no solamente necesario sino asumido por la necesariedad y determinismo del todo. El pasado era el momento más importante del tiempo ya que la patria era siempre y exclusivamente la terra patrum. Su grandeza derivaba frecuentemente en orgullo, el poder podía llegar a ser dominio despiadado y su gloria era siempre una suerte de secularidad absoluta. Quien haya paseado por las ruinas de los foros romanos habrá percibido esta grandeza tremenda y desoladora.
3. La noción cristiana de patria
a) Preparación en el Antiguo Testamento
La patria pagana tiene, sin embargo, todos los elementos esenciales que el Cristianismo elevará al orden de la "nueva creación", confiriéndole así su plenitud de sentido. Mientras el hombre griego y el hombre romano no pueden concebir la patria sin su fundamento terreno, geoespacial, la tradición del Antiguo Testamento comienza con una expatriación. Abraham deja su patria por orden de Yavé: "Sal de tu tierra... para la tierra que yo te indicaré" (Gen. 12, 1). Así comienza el pueblo de Dios su peregrinaje hacia la tierra prometida; es decir, la patria no es todavía la tierra de los padres (aunque lo será mucho más tarde) y, por eso, se sitúa en el futuro y no es —ni será jamás, como la polis griega y la ciudad romana— un todo en sí misma inscripto en el movimiento cíclico universal; por el contrario, la patria futura será un don de Yavé y será sagrada no porque sea ella el recinto de los dioses, sino porque habitará en ella el espíritu del Señor. El pueblo hebreo no tiene, todavía, patria terrena y es, por eso, peregrino a la espera de la tierra prometida, pero esta misma patria futura es imagen de la patria celeste, una patria nueva para todos los hombres. Cuando Israel logra poseer Canaán, alcanza la patria terrena, y con ella el fundamento geográfico que es condición de la existencia de la patria de este mundo. La comunidad social se asienta, por fin, en una tierra, aunque Israel volverá a tener la amarga experiencia del desarraigo y la expatriación por sus propios pecados contra Dios. Basta recorrer algunos salmos, algunos pasajes de Isaías, Jeremías, Job y otros lugares para percibir el amargo dolor de la expatriación y la esperanza mesiánica de la recuperación de la patria perdida. Y esta esperanza mesiánica se refiere —como typo— a la patria terrena, pero también esconde la espera —como antytipo lejano— de la patria que no tiene fin y que constituye la verdadera y más profunda vocación de Israel. Como lo he sostenido hace veinte años, el patriotismo hebreo, mientras se mantiene puro y no se carnaliza secularizándose, es un patriotismo trascendentista que es amor a la patria cuya grandeza es humildad obediente a Yavé, cuyo poder es dominio ejercido "en nombre" de Yavé y cuya gloria (pese a la grandeza secular que puede alcanzar) se mide por su fidelidad a la patria celeste preparada por Yavé; de ahí que el patriotismo pagano sea el patriotismo de los pueblos afincados en la inmanencia del mundo y el patriotismo de los pueblos depositarios de la promesa sea el patriotismo del pueblo peregrino. Precisamente porque el pueblo hebreo perdió el sentido de su peregrinaje hacia la patria celeste no comprendió al Verbo Encarnado, clavándolo en la Cruz y, por eso, en la medida en la cual no se haga uno con Cristo debe ser enemigo de Cristo.
b) La patria en el Nuevo Testamento
Cristo, pues, en la Encarnación, al asumir la totalidad de la naturaleza humana, asume, en ella, a todo lo que es. "El que es de Cristo", dice San Pablo, "se ha hecho nueva creatura" (2 Cor. 5, 17); es decir, no se trata del orden sólo espiritual o moral, sino ontológico-existencial, porque todo ha sido transfigurado en y por Cristo. El Señor que ha donado el ser o esse en la creación, por medio de la Encarnación de su Hijo ha perdonado al hombre y le ha dado, así, un nuevo ser que vale tanto o más que el acto de la creatio ex-nihilo. Verdaderamente "nueva creación" y, por tanto, "nueva creatura" en la cual la naturaleza ha sido curada no solamente en orden a la salvación sobrenatural sino también en tanto que naturaleza. Sin olvidar el sentido escatológico que tiene también esta expresión, es evidente que las realidades terrenas adquieren, para el hombre cristiano, un sentido cristológico no porque él se lo atribuya extrínsecamente sino porque es la dimensión más profunda de lo real en cuanto real. Por consiguiente, lo que yo mismo soy, esta comunidad social concreta y su fundamento geográfico-terreno, su propio tiempo histórico y su último sentido, como todo lo que es, es por Cristo; por Él "son todas las cosas" (Heb. 2, 10) que Dios se propone llevar a su plenitud; Cristo, dice el mismo San Pablo, "por quien son todas las cosas y nosotros también" (1 Cor. 8, 6). Más aún: "en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles... todo fue creado por Él y para Él. Él es antes que todo y todo subsiste en Él" (Col. 1, 16-7).
La patria, para el hombre cristiano, es don de Dios y subsiste en Él; el ser mismo de cuanto existe es solamente "tenido" (gratuidad pura) y la patria no es solamente aquel todo actual constituido por una comunidad concorde vinculada a un territorio concreto, sino que es un todo donado por Cristo y para Cristo que Dios quiere llevar a su plenitud. Tiene aquí inmediata aplicación la misión del laico, porque la consecratio mundi implica la consagración de la patria a Cristo, porque la patria, en cuanto tal, subsiste en Él. Por consiguiente, por un lado, en modo alguno el hombre cristiano reniega de la terra patrum concebida como el "lugar" terreno en el cual he nacido, pero sí rechaza que sea un todo clauso en sí mismo, inscripto en la necesidad cósmica universal, ni puede aceptar que sean la tierra y la sangre los únicos constitutivos de la patria; la patria terrena ahora se carga de sentido porque no es resultado de necesidad alguna ni tampoco del azar, sino de la voluntad creadora de Dios y también, después de la Redención, del amor salvífico de Cristo; pero tal patria terrena alcanza también así su plenitud; dicho de otro modo, así como la Gracia no destruye la naturaleza sino que la cura también como naturaleza, del mismo modo la Redención cura y confiere sentido a la patria terrena en cuanto patria terrena. Por otro lado, el cristiano no sólo conserva sino que lleva a su plenitud el sentido del peregrinaje en este mundo. Por eso dice el Apóstol que "aquí no tenemos patria permanente, sino que buscamos la futura" (Heb. 11, 13-4). Pero el hecho de "buscar" la patria futura y permanente no significa que no tengamos una patria terrena no-permanente; precisamente la patria no-permanente (esta patria nuestra) tiene su sentido en la patria permanente a la que somos llamados. De ahí que una secularización total del mundo de la vida, como acontece en el hegelismo y en el marxismo, quita todo sentido a la patria cercana. Esta patria terrena entonces es amada no porque sea grande o pequeña, sino porque es don de Dios y porque ha sido asumida por Cristo; así lo veían los mártires romanos que morían por confesar a Cristo y declaraban su amor por Roma, que era su patria terrena. Más aún: su patriotismo solamente alcanzaba su plenitud y su sentido en virtud de la Revelación y Salvación por Cristo. Por eso el patriota cristiano vive, al mismo tiempo, desprendido del mundo y aún de su patria como bien terreno, y comprometido a fondo con ella, a la que ama con el mismo amor con que ama a Cristo. La patria, en su sentido cristiano, es sagrada porque es el "lugar" terreno en el cual yo soy llamado y al que debo todo mi esfuerzo y mi amor cotidiano para encaminarla al último fin; pero, simultáneamente, este compromiso total es el compromiso fundamental de mi peregrinaje hacia la patria permanente que no es de este mundo. Luego, la patria (esta Argentina concreta) tiene sentido en virtud de la patria permanente, y la patria permanente (el Reino de Dios en su plenitud) existe ya aquí y ahora, en virtud de la Gracia, en la patria terrena. Cristo ha transfigurado por la "nueva creación" la patria que fuera incompleta o imperfecta concebida por el paganismo, y ha llevado a su plenitud el peregrinaje del pueblo de la promesa hacia la patria celeste. De ahí que el concepto cristiano de patria constituya la mayor perfección del concepto de patria en cuanto tal. Puede entonces sostenerse sin vacilaciones: no solamente no existe contradicción posible entre la patria y el Cristianismo, sino que solamente en el Cristianismo alcanza la idea de patria su propia plenitud.
4. La patria y el patriotismo cristiano
Este concepto de patria implica, por consiguiente, un concepto de patriotismo cuya razón de ser última no es otra que la patria como don, es decir, como bien recibido de Dios. Entonces no son ya ni la tierra ni la sangre los motivos únicos y absolutos por los cuales amo a mi patria, sino el hecho de haberme sido donada con el mismo don de mi acto de existir. Por eso el hombre cristiano ama a su patria, el "lugar" donde ha nacido, la comunidad concorde a la que pertenece, con toda su tradición histórico-cultural orientada hacia la Suprema Fuente de la cual proviene. Por eso, el patriotismo cristiano no es una proyección y "alienación" hacia una realidad supraterrena, como piensa el neomodernismo tercermundista, el marxismo y diversas formas de neohegelismo, sino que, para el cristiano, amar la patria es, ya, amar el Absoluto personal, y es imposible amar a Dios sin amar, aquí y ahora, a la patria. Alienación sería si pretendiera amar a Dios sin amar a la patria terrena, y menos aún amar la patria sin Dios, que es su fundamento. El concepto cristiano de patria y de patriotismo permite comprender que no ha sido otro el de nuestros principales próceres; si hubiese privado en ellos la idea secular y protoplasmática de la terra patrum, tanto su patriotismo como sus obras hubiesen carecido de sentido: San Martín, hijo de español; Belgrano, vástago de un italiano; Brown, irlandés. La razón de ser última de su patriotismo ejemplar no fue otra que la idea de la patria como don, y reconocieron en la comunidad social a la que pertenecieron, en la lengua que hablaron y en la tradición histórica que asumieron, la razón de ser de su vida personal. Y esta idea de la patria como don de Dios solamente tiene su origen y su formulación por la Revelación cristiana y, por consiguiente, el patriotismo de los iberoamericanos no puede ser otro —si quiere ser idéntico a sí mismo— que el patriotismo cristiano.
Pero aún es necesario poner en claro el rico contenido de la idea de patriotismo. Sin olvidar que el hombre es el ente en quien se manifiesta el ser y que él mismo es unidad de cuerpo y alma, el patriotismo puede ser considerado como sentimiento y como virtud, ya natural, ya sobrenatural. En efecto, si como dije al comienzo, la patria supone un vínculo sustancial pre-racional con un lugar geográfico, y la pertenencia a la gran familia de la propia comunidad concorde, es claro que, antes de toda elaboración conceptual, genera, desde las más recónditas estructuras del hombre, un estado afectivo permanente que es, precisamente, el sentimiento patriótico; aunque el sentimiento se encuentra presente en todos los actos conscientes, no puede ser explicado en términos intelectuales, así como la inteligencia no puede ser explicada por el sentimiento. Este último no pertenece ni sólo al alma ni sólo al cuerpo, sino que comprehende a la totalidad del hombre y, por eso, el patriotismo como sentimiento lo es de todo el hombre concreto. Es sabido, además, que, con ocasión de determinadas circunstancias (un hecho histórico, un regreso a la patria después de larga ausencia, el simple acto de izar la bandera nacional) el sentimiento se convierte en emoción, en cierto choque y conmoción con alguna alteración orgánica, como las lágrimas. Recuerdo que, cuando Juan Alfonso Carrizo hablaba de la patria y sus tradiciones, le corrían las lágrimas por su rostro como tallado en madera. Carrizo lloraba de amor. También el patriotismo es una virtud en cuanto cualidad habitual de reconocimiento, servicio, honor y reverencia a la patria como principio (inmediato) de nuestro ser. De ahí que sea parte potencial de la justicia, a ella subordinada, indistinta de la piedad, como la considera Santo Tomás. El hombre, en efecto, es deudor de los demás en cuanto a los beneficios que de ellos ha recibido. Ante todo de Dios, pues de Él ha recibido el ser, y porque Dios, por eso, es el principio tanto de nuestro existir cuanto de nuestro gobierno; pero después de Dios, es deudor de sus padres y de la patria ya que "de ellos y en ella hemos nacido y nos hemos criado" (S.Th. 2-2, 101, 1). Y aunque ante todo debamos culto a Dios, también debemos cierto culto a los padres y a la patria. La piedad se identifica entonces con el patriotismo, y éste es una forma de amor, no solamente de la justicia; y como ninguna virtud puede estar en pugna con otra virtud, es evidente que la virtud del patriotismo no puede estar en contradicción con la virtud de la religión; todo lo contrario, pues todo acto de verdadero patriotismo a la religión conduce o bajo ella se efectúa. Solamente el patriotismo como virtud se transformaría en vicio cuando, traspasando sus límites, se absolutiza haciendo de la patria un absoluto clausurado a la trascendencia. Tal es el pseudopatriotismo del secularismo hegeliano, que termina siendo un "patriotismo" patricida. Esta forma de patriotismo como virtud natural, aunque limitado por la misma incompletud del paganismo, fue lograda por los romanos fundadores del Imperio. San Agustín estaba convencido de que, por eso, Dios les había concedido, por su virtud natural, un premio natural que era el Imperio, virtud que, más tarde, el Cristianismo condujo a su plenitud.
Pero el patriotismo es, también, virtud sobrenatural, porque el hombre cristiano ama a su patria en cuanto don de Dios. Por eso, la ama no solamente con amor natural, sino que la ama en Cristo, en Quien subsisten todas las cosas, y, en consecuencia, no ama a la patria con un acto de amor distinto de aquel con el cual ama a Cristo. Y este amor no es el resultado del ejercicio habitual natural de una virtud cardinal, sino el amor infuso y gratuito de Cristo. De ahí que el patriotismo cristiano sea una forma de la caridad sobrenatural. Como tantas veces lo proclamaba fray Mamerto Esquiú cuando unía estrechamente el más fervoroso amor a la patria con el amor a Cristo. El patriotismo cristiano, el amar sobrenaturalmente la patria no-permanente, ama la patria permanente que espera, y el amar la patria celeste sólo puede amarla en, desde y con la patria terrena. De ahí que el patriotismo cristiano sea misional y no sea orgullo sino humildad, y cuando es dominio sea dominio con sentido trascendente, como el patriotismo de Santa Juana de Arco, en quien no se distinguía el patriotismo de su propio ascenso místico en Dios.
5. Conclusión
Retomemos ahora todo el desarrollo que ha seguido hasta aquí la reflexión sobre la patria.
1) Se ve ahora con absoluta claridad que una progresiva secularización del mundo de Occidente afecta en su esencia al concepto de patria, tanto natural cuanto cristiano. Si, desde el nominalismo y el racionalismo posterior cartesiano, no es el ser sino la razón el criterio de la verdad, no existe motivo alguno para seguir reconociendo la existencia de un vínculo causal entre la patria terrena y la patria trascendente. En la medida en que este proceso de secularización prosigue, la razón tiende a hacerse una con el ser; en cuyo caso, la ratio autosuficiente se vuelve ley de sí misma y, como acontece en el mundo hegeliano, todo es Sustancia infinita, concepto que se autopone y se autodesarrolla hasta su plena claridad racional. Por eso, en este mundo autosuficiente, la patria se hace una con el Estado cuando éste se manifiesta como el Espíritu Objetivo visible en la tierra. En este mundo no existe ya el misterio ("explicado" por la razón) y aunque el patriotismo se vuelve absoluto (identificado con el Estado totalitario), pronto este patriotismo exclusivamente terreno sufrirá la crisis interna del hegelismo y será un patriotismo patricida. Basta contemplar el tránsito del hegelismo al marxismo a través de Feuerbach para comprender que la patria, como ha dicho Marx en el Manifiesto, ha desaparecido en cuanto mera superestructura de la clase burguesa.
2) Para nosotros, iberoamericanos, no queda otro camino en este mundo que tiende progresivamente a su aniquilación por su ruptura con las fuentes de su propia tradición, que reafirmar el concepto cristiano de patria que ha potenciado y clarificado el concepto natural de patria. En efecto, si se me permite recordar lo ya dicho, la patria, en cuanto todo actual esencial, supone que sus elementos componentes (esta comunidad concorde, su sustancial vinculación a la tierra, la lengua en la cual expresa su naturaleza, su tradición y su cultura, su ontológica referencia a Dios como fin último) constituyen una unidad vital en la cual sus partes se implican mutuamente. Esta unidad orgánica ha sido transfigurada por la Revelación cristiana y, por eso, debemos creer que la patria tiene, como cada individuo, una vocación; es decir, ella, en cuanto es ese todo esencial, ha sido vocada, llamada, por la voluntad salvífica de Dios. La patria, para el hombre cristiano, no existe por un determinismo cósmico ni por un azar inexplicable, sino que subsiste en Aquel que ha asumido todas las cosas cuando se hizo hombre; si es así, entonces, como tal todo esencial, tiene también su vocación, es decir, aquello que Dios quiere —y ha querido siempre— que la patria sea en este mundo. Dicho de otro modo, la patria no-permanente, esta Argentina concreta y cotidiana, tiene su propia vocación que debe cumplir aquí y ahora, en el presente del tiempo de la historia. Pero como este todo esencial somos nosotros mismos en cuanto peregrinos, somos nosotros quienes debemos ir descubriendo el destino de la patria en el tiempo; es decir, debemos aprender a leer la voluntad de Dios en los hechos, en la tradición, en la historia y en la vida nacionales para saber, aunque más no fuera en las grandes líneas, qué es lo que quiere Dios que hagamos con la patria. Un buen ejemplo es el sentido de misión que San Martín tenía en todos sus actos, hasta los más pequeños y cotidianos.
3) Aún podemos y debemos ir más lejos, porque el concepto cristiano de patria no quedaría completo si no lo contempláramos desde la perspectiva iberoamericana. Si de nuevo recordamos la definición de patria que propusiera anteriormente, de inmediato se percibe una peculiaridad de las patrias que constituyen el mundo iberoamericano: miradas en conjunto, ponen de manifiesto algo común y algo distinto. Comunidad concorde, territorio, lengua, tradición histórico-cultural, Dios como fin último, fe cristiana sobrenatural transfigurada del todo, son los elementos que, en la unidad de un todo actual esencial, constituyen la patria. Cada comunidad social, cada pueblo iberoamericano, en cuanto individual, es intransferiblemente exclusivo y, por tanto, distinto; en él se implican mutuamente, en unidad orgánica, una multiplicidad de elementos no siempre expresables y hasta inefables. Lo mismo debe decirse de la tierra, del espacio geográfico (el "lugar" donde he nacido) que, aunque fuere geográficamente múltiple, es exclusivo y propio de cada pueblo. Luego, la tierra propia y la comunidad social que integro son lo distintivo e intransferiblemente propio de cada patria iberoamericana. Sin embargo, cuando decimos que determinada comunidad expresa su naturaleza en una lengua determinada, en este caso el castellano, mentamos algo común, aunque cada pueblo le haya conferido, hasta cierto punto, una característica propia; sin embargo, el castellano es el vehículo expresivo común. Y lo mismo debe decirse, al menos, del origen de nuestra tradición histórica y cultural greco-latina-ibérica y cristiana. Es cierto también que cada patria iberoamericana, ya desde los comienzos, hace casi cinco siglos, fue forjando su propia tradición; pero las tradiciones nacionales iberoamericanas reconocen su propio sentido en el origen histórico común. A esta comunidad de lengua y de tradición (que no es poco, sino mucho) debe agregarse aquella transfiguración de la patria terrena por la Gracia de Cristo Salvador; por eso, la fe católica común se une a la lengua y a la tradición histórica, forjando, de hecho, en lo distinto, cierta unidad. En esta distinción y en esta comunidad simultáneas, Iberoamérica se parece a la Europa medieval, cuando, en la diversidad marcada de pueblos muy distintos, se manifestaba la unidad de la lengua (el latín), de la tradición (greco-romana-cristiana) y de la fe católica común. Aquella unidad en la diversidad, propia de la gran patria europea que fue la Cristiandad —hoy en proceso de liquidación y autodestrucción— quizá, por designio misterioso de la Providencia, ha sido transferida a Iberoamérica como la misión esencial que las patrias hispanoamericanas deben cumplir en su conjunto.
Y así esta reflexión retorna sobre sí misma, pero consciente del fracaso —¡infeliz fracaso!— de la meditación filosófica para poner en claro la totalidad de lo que es la patria. Ella, en cuanto es un todo con vocación universal pero enraizada en lo absolutamente singular, guarda un trasfondo inexpresable que, a su vez, no tiene fondo y que siempre será irreductible a la claridad conceptual. Por eso, el amor a la patria, más allá de las distinciones que hice anteriormente entre el patriotismo como sentimiento y como virtud natural y sobrenatural, guarda para sí un encanto fascinante y un deseo de servicio cotidiano, una suerte de culto interior y de exaltación afectuosa, de sacrificio y de entrega, solamente sugerido por el pensamiento poético. Como cantaba en el Centenario de la Argentina nuestro gran Lugones:
Patria, digo, y los versos de la oda
Como aclamantes brazos paralelos,
Te levantan Ilustre, Única y Toda
en unanimidad de almas y cielos.
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